viernes, 21 de marzo de 2014

Un hombre digno de nuestra esperanza

"Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero" (1 Pedro 1.3-5).

La resurrección de Cristo no está abierta para el debate teológico. Hay quienes piensan que es suficiente creer que Jesús vivió y murió. Sin embargo, la restauración del Salvador a la vida es vital para lo que Él decía acerca de su identidad, y para al cristianismo como fe. Retomando nuestra pregunta del devocional de ayer, debemos preguntarnos: ¿Qué hombre es éste, que se levantó de los muertos?

La respuesta es que Jesucristo es el Hijo de Dios que murió por nuestros pecados y resucitó, porque la muerte no tenía ningún poder sobre Él. La resurrección validó todo el ministerio de Jesús. Desde el principio, Él dijo e hizo cosas para revelar que era el Señor. Cuando el Cordero de Dios venció la muerte, confirmó su identidad.

También podríamos responder a la pregunta diciendo que ese hombre que regresó de los muertos es digno de nuestra esperanza. Puesto que Jesucristo confirmó el poder de Dios para dar la vida eterna a sus seguidores, la existencia terrenal de éstos no está destinada a tener un final, sino que es el primer capítulo de una relación hermosa e infinita con Dios. El apóstol Pablo dijo que al morir, los cristianos están ausentes del cuerpo y presentes al Señor (2 Co 5.8). ¡Así que, lo mejor está por venir!

Sin la resurrección de Jesús no hay ninguna esperanza. Las personas que buscan su propia versión de la inmortalidad no tienen seguridad de la vida después de la muerte, porque no hay ninguna. Pero los creyentes enfrentan al final de la vida terrenal con la confianza de que nada puede separarlos del amor de Dios. La muerte es apenas un breve viaje al hogar celestial.

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