Dr. Charles Stanley
9 de diciembre de 2014
El derecho a entrar al paraíso
Leer | Apocalipsis 21.22-22.7
"Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La
ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque
la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera" (Ap 21.22,
23).
La
muerte es inevitable. El ladrón en la cruz sabía cuándo ocurriría la
suya, pero la mayoría de nosotros no podemos predecir la nuestra.
Después de su muerte, el criminal crucificado fue a vivir en el paraíso
con el Señor. De la misma manera, habrá quienes vivirán eternamente en
la presencia de Dios, y quienes sufrirán el tormento eterno, separados
de Él por toda la eternidad.
Si
ponemos nuestra fe en el Señor Jesús como Salvador, el castigo que
merecemos por nuestro pecado es pagado, somos adoptados en la familia de
Dios, y el cielo es nuestro hogar eterno. Pero si rechazamos al Señor
Jesús, nos mantenemos alejados de Dios y bajo condenación por nuestro
pecado, destinados a enfrentar la condenación eterna. Dios no prestará
oídos a ninguna excusa, porque no hay ninguna defensa aceptable por la
incredulidad (Hch 4.12).
Únase
a la familia de Dios, hoy mismo. Reconozca su pecaminosidad y declare
su fe orando de la siguiente manera: "Señor, he pecado contra ti; he
seguido mi propia voluntad, y he rehusado darte el derecho de gobernar
mi vida (Ro 3.10-12, 23). Reconozco que estoy separado de ti, y que no puedo salvarme a mí mismo.
Creo que Jesucristo es tu Hijo. Acepto que su muerte en la cruz pagó toda mi deuda de pecado, y te pido que me perdones (1 Co 15. 3, 4; 1 Jn 1.9).
Por fe, recibo al Señor Jesús como mi Salvador personal en este
momento". Si usted hizo esta oración a Dios, entonces, al igual que el
ladrón en la cruz, ha recibido la salvación, un regalo de la gracia de
Dios.
¡Gracias al Señor Jesús, el derecho a entrar en el paraíso le pertenece ahora!
DIOS BENDIGA TU VIDA CON GRACIA Y PAZ
Pr. DOLREICH ARTIGAS
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